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Espejos.

  • Foto del escritor: Rogelio Lara
    Rogelio Lara
  • 12 mar
  • 6 min de lectura

Actualizado: 15 mar

Y aquí estoy, impartiendo una clase más, ante la mirada atenta y soñadora de jóvenes universitarios. De entre todos, me llama la atención un pequeño grupo de amigos.


Flashazos del pasado. Mi mente viaja diez o quince años atrás: mi cuerpo delgado, las costillas marcadas que el sol acentúa, las gotas de agua escurriendo por mi piel, el cabello largo y despeinado. Juego en el río con mis amigos y amigas de aquella época, de aquel día que vive en mí.


Jugábamos a la orilla del río. Reíamos, gritábamos, amábamos: todo con intensidad. Siento que las suelas de mis zapatos se despegan suavemente del piso del aula; mi alma sumergida entre memorias.


Mis dos amigas y yo nadábamos sin rumbo hasta llegar a una piedra: un espacio diminuto donde cabíamos perfectamente los tres, recostados, contemplando el atardecer. Una paz profunda se manifestaba en la complicidad de nuestras sonrisas. Tengo grabadas sus miradas, cada gesto, cada desliz de sus cuerpos.


No sabíamos que nuestras vidas tomarían rumbos distintos; que dejaríamos de vernos. 


No sé qué me está pasando: un diluvio de recuerdos en mi mente. No me lo esperaba y menos al dictar una clase.


Tampoco que, ahí estaría ella, en mis conferencias: esa mujer que hoy siento tan cercana y que en aquellos años fue una desconocida para mí. Coincidimos gracias a Tomás. Ellos se veían tan enamorados que parecía que permanecerían juntos de por vida.


Tomás, quien durante la etapa universitaria fue mi mejor amigo. Nos quisimos, nos admiramos, aprendimos uno del otro. Pero no nos volvimos a ver. Me quedaba ella, tendiendo su mano para que yo la ayudara a levantarse de su asiento. En esos breves intercambios me venía a la mente Tomás, mi eterno compañero.


De nosotros dos casi no existían fotografías. Las pocas que había —afortunadamente— nos mostraban abrazados. Las más significativas las atesoré en la memoria. Los proyectos que parecían interminables, los desvelos, los anhelos y las desilusiones. La bella y terrible pobreza universitaria: las largas caminatas bajo el sol buscando fotocopiar los libros que deseábamos; ir de biblioteca en biblioteca, de sueño en sueño, de amor en amor, de dolor en dolor.


Nuestras almas compartieron un tiempo y un espacio irrepetible.


Mi mente viaja a la velocidad de la luz, atravesando años en un parpadeo.


Mientras les digo a mis alumnos: —Hay una lección que no voy a olvidar, gracias a mi profesor David, quien hablaba del proceso de… sigo estando ahí: en esa piedra, en ese atardecer, con mis dos amigas. Alrededor, los otros compañeros corrían, se lanzaban clavados, se columpiaban en las lianas.


Y sobre si volví a ver a alguna de mis amigas de la pequeña isla: una tarde, después de una larga jornada de trabajo, avanzaba por un camino empedrado en los suburbios de Los Ángeles, a la orilla de un río hermoso. El atardecer era tan resplandeciente que no se distinguía el final del sendero. Ese mismo resplandor deformaba la silueta femenina que veía a lo lejos y que avanzaba hacia mí.


La curiosidad se convirtió en nervios: los del primer día de clases, los del primer beso. Reconocí esa presencia. Quise volver atrás, huir. Luego quise entregarme. No pude.


Esa mirada, esa sonrisa, era ella. Era yo.


Era el fuego del atardecer. Era el agua del río. Éramos nosotros.


De pronto desperté. El reloj marcaba la madrugada.


Todo había sido un sueño. Soñé que yo era tú, viejo amigo. Y lo cierto es que nunca volvimos a vernos porque no pude: no soporté la realidad de despertar y ser un oficinista más, mientras tú haces lo que amas, como entonces.


No soporté un presente en el que incluso mi amor universitario hoy te admira, asiste a tus conferencias y tal vez sienta algo más por ti, como nos pasaba a todos los que alguna vez compartimos la vida contigo.


Fui tan feliz en el sueño como cuando éramos amigos, cuando parecía que éramos uno mismo. Ya no sé hasta qué punto soy tú y tú eres yo. 


¿Dónde quedó el principio de aquella plática de Gestalt que nos dieron ayer en la oficina?


Yo soy yo y tú eres tú.


Aquí estoy, con las suelas gastadas de mis zapatos —no tan viejos, solo muy usados—. Saliendo de la universidad caminando bajo el sol hacia el transporte público, con la sensación de no haber dejado nunca de ser estudiante. Dicen que Tomás eligió bien, que la transnacional lo premió. Yo elegí esto.



Espejos: una puerta de entrada al fenómeno de la transferencia


El relato anterior puede leerse desde múltiples perspectivas: como una reflexión sobre la identidad, sobre la nostalgia, acerca de anima y de animus, incluso sobre la sombra. Sin embargo, en esta ocasión quiero utilizarlo como punto de partida para pensar el fenómeno de la transferencia.


No con la intención de reducir la historia a una explicación clínica, sino para ampliar la comprensión de un proceso psíquico que atraviesa no solo la consulta terapéutica, sino la vida entera.


La transferencia no es únicamente un desplazamiento erótico ni una repetición edípica; es una dinámica inconsciente que estructura gran parte de nuestras relaciones vitales. Tiene raíces biográficas, sí, pero también simbólicas, arquetípicas e incluso mitológicas.


Quizá por eso nos resulta tan difícil distinguir, a veces, dónde termina el otro y dónde comenzamos nosotros.



Freud: la transferencia como reedición inconsciente


Fue Sigmund Freud quien describió sistemáticamente la transferencia en el contexto del psicoanálisis. Para Freud, la transferencia implicaba que el paciente “desplazaba” hacia el analista sentimientos, deseos y fantasías inconscientes originalmente dirigidos a figuras significativas del pasado, especialmente parentales (Freud, 1958).


En muchos casos —sobre todo en los primeros desarrollos del psicoanálisis— estos contenidos incluían investiduras eróticas inconscientes. El analista era investido con elementos afectivos y sexuales que no le pertenecían en sentido biográfico actual, sino que constituían la reactivación de relaciones infantiles reprimidas. La transferencia, así entendida, era una reedición del pasado en el presente: una repetición viva en el vínculo terapéutico (Freud, 1958).


Desde esta perspectiva, el fenómeno tiene una estructura triangular: el terapeuta ocupa el lugar simbólico de padre, madre u otra figura significativa; el vínculo actual revive la intensidad del vínculo originario; y el escenario clínico se convierte en espacio privilegiado de repetición y elaboración.



La transferencia en la psicología analítica de Jung


Más adelante, Carl Gustav Jung amplió esta concepción en distintas obras. Por ejemplo, en Psicología de la transferencia, Jung (1966) sostiene que la transferencia no se reduce a la reedición edípica ni exclusivamente al ámbito erótico. Para él, se trata de un fenómeno psíquico más amplio, profundamente simbólico, que puede adquirir dimensiones arquetípicas.


Jung propone que la transferencia moviliza imágenes y patrones colectivos: figuras de salvador, maestro, guía, amante, enemigo, sombra. No es solo el padre o la madre lo que se reactiva, sino configuraciones psíquicas más profundas, inscritas en lo que él denominó inconsciente colectivo. De ahí su lectura alquímica de la transferencia: la relación analítica como un proceso transformador, cargado de proyecciones mutuas y dinamismos simbólicos (Jung, 1966).


En este sentido, la transferencia no es únicamente un obstáculo que debe “interpretarse”, sino un campo relacional donde se juega una transformación posible.



La transferencia más allá del consultorio


Autores postjunguianos han continuado esta ampliación. Marie-Louise von Franz subraya cómo las proyecciones arquetípicas pueden teñir relaciones aparentemente ordinarias, convirtiendo a una persona en portadora de una imagen interior poderosa (von Franz, 1980).


Andrew Samuels ha señalado que los procesos transferenciales atraviesan también lo político, lo institucional y lo organizacional, mostrando cómo líderes, figuras de autoridad o incluso instituciones pueden convertirse en pantallas de proyección colectiva (Samuels, 1985).


Desde esta óptica, la transferencia no es exclusiva de la relación paciente-terapeuta; también se manifiesta:


En el ámbito laboral: cuando el jefe encarna al padre exigente o al salvador esperado.


En el espacio escolar: cuando el profesor es investido como modelo ideal o figura rival.


En la relación de pareja: donde el otro es portador de la imagen del anima o del animus.


En los sueños: donde figuras oníricas condensan proyecciones que luego se actualizan en vínculos reales.


En la consulta clínica: no solo del paciente hacia el terapeuta, sino también del terapeuta hacia el paciente en lo que denominamos contratransferencia. Este fenómeno, aunque reconocido en sus inicios por Freud, encontró su mayor desarrollo y profundización en tradiciones posteriores como la psicología analítica.



Referencias


Freud, S. (1958). The dynamics of transference. En J. Strachey (Ed. y Trad.), The standard edition of the complete psychological works of Sigmund Freud (Vol. 12). Hogarth Press.


Freud, S. (1958). Observations on transference-love. En J. Strachey (Ed. y Trad.), The standard edition of the complete psychological works of Sigmund Freud (Vol. 12). Hogarth Press.


Jung, C. G. (1966). The psychology of the transference. Princeton University Press.


Samuels, A. (1985). Jung and the post-Jungians. Routledge.


Von Franz, M.L. (1980). Projection and re-collection in Jungian psychology. Open Court.



© 2026 Rogelio Martín Lara. Todos los derechos reservados.


Obra registrada en Safe Creative (Registration Code: 2603164944364).


Esta obra es de ficción. Aunque pueda parecer que refleja hechos o personas reales, no está basada en eventos reales. Cualquier semejanza con situaciones o individuos existentes es mera coincidencia.


Título: Espejos.


Fecha de registro: 03/16/2026


Tipo de obra: Relato narrativo seguido de un ensayo breve sobre el fenómeno psicológico de la transferencia




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