A la memoria de Enrique Caballero.
- Rogelio Lara

- 21 ene
- 2 Min. de lectura
Hoy, ya como psicoterapeuta con orientación analítica Junguiana, me encuentro recordando una etapa decisiva de mi formación: los años en los que, como estudiante, exploraba distintos enfoques psicoterapéuticos con apertura y curiosidad intelectual. Como Junguiano, esa apertura se mantiene, pero hoy la ejerzo con un enfoque clínico sólido.
En ese tiempo tuve la iniciativa —y la fortuna— de gestionar la visita de Enrique Caballero Chávez a mi universidad. Fue la primera vez que acudió a esa institución. El evento se llevó a cabo el 24 de octubre de 2013 y no solo se realizó: tuvo que trasladarse al área recreativa de la universidad porque asistieron más de 500 personas, entre estudiantes, docentes y profesionales.Esto fue posible gracias al apoyo de varias personas y autoridades de mi licenciatura: la maestra Constanza Javier; Mario Godoy, representante de la Comisión para el Desarrollo de los Pueblos Indígenas; mi colega y hermana Lizeth; así como de varios de mis compañeros, quienes al leer esto seguramente recordarán su participación y entusiasmo en aquel día.
Y no era casual. En San Luis Potosí, Caballero Chávez fue el creador de un modelo de psicoterapia de autoría mexicana: la Psicoterapia de Premisas. En aquel momento quizá no dimensionaba del todo lo que eso significaba; hoy lo veo con mayor claridad: un pensamiento clínico situado, con identidad propia, que no se limitó a reproducir, sino que se atrevió a construir teoría y práctica clínica.
La conferencia tuvo además un propósito solidario. Fue organizada para brindar apoyo a personas de comunidades indígenas de la Huasteca que se encontraban gravemente afectadas por inundaciones. Recuerdo que abordó la importancia de la cosmología en la comprensión de la experiencia psíquica. En ese sentido, señaló lo relevante que pueden resultar las cosmovisiones de los pueblos originarios para comprender cómo se significan el sufrimiento, la enfermedad y la vida comunitaria.
Esta experiencia denota que la formación de un psicoterapeuta no es lineal. Está hecha de búsquedas, cruces, resonancias y encuentros. En ella se inscriben maestros que, sin convertirse en referentes teóricos permanentes, amplían la mirada clínica y mantienen viva una disposición a la exploración.
La reciente noticia del fallecimiento de Enrique Caballero Chávez me llevó a recordar ese día y valorar lo que significó haber contribuido, desde mi lugar de estudiante, a generar un espacio de encuentro.
Comparto esta experiencia como un gesto de memoria y gratitud.



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